El rescate Bacillus subtilis¶
En 1835, el naturalista alemán Christian Gottfried Ehrenberg describió por primera vez una bacteria filamentosa y ágil a la que llamó Vibrio subtilis. Décadas después, en 1872, el botánico y microbiólogo Ferdinand Julius Cohn la rebautizó como Bacillus subtilis — el “bastón sutil” — nombre que conserva hasta hoy. Nadie imaginaba entonces que, setenta años más tarde, ese microorganismo del suelo acabaría protagonizando uno de los episodios más curiosos de la medicina de guerra.
El escenario fue Libia, en 1941. Las tropas del Afrika Korps del general Erwin Rommel avanzaban con eficacia táctica por el norte de África, pero en los campamentos el enemigo más letal no usaba armas: era Shigella, la bacteria responsable de la disentería bacilar. Cientos de soldados caían cada semana, debilitados por diarreas severas, fiebre y deshidratación. Los antibióticos no existían aún como recurso clínico generalizado — la penicilina apenas comenzaba a producirse de manera experimental — y los sulfamídicos disponibles eran de uso tópico. El servicio médico del ejército alemán se encontraba, en palabras de la época, “sin munición farmacológica”.
Según el relato más citado, reconstruido a partir de un artículo del Dr. Jörg Bernhardt de la Universidad Ernst Moritz Arndt de Greifswald, los médicos del Afrika Korps repararon en algo llamativo: los beduinos de la zona también contraían disentería, pero se recuperaban con una regularidad que los alemanes no lograban explicar. La observación detenida reveló la razón: al aparecer los primeros síntomas, los beduinos seguían de cerca a un camello o un caballo hasta que el animal defecaba, y entonces ingerían el estiércol todavía caliente. La única regla empírica que transmitían de generación en generación era que el remedio no funcionaba si el estiércol se había enfriado.
Los médicos y bacteriólogos enviados al terreno analizaron las heces frescas de los animales y encontraron en ellas una abundante presencia de Bacillus subtilis, bacteria formadora de esporas resistentes al calor y con una notable capacidad para inhibir el crecimiento de microorganismos patógenos — incluidas las bacterias del género Shigella. A partir de ese hallazgo, el ejército alemán comenzó a producir cultivos concentrados de B. subtilis para sus tropas. La disentería dejó de ser la amenaza silenciosa que había sido.
La historia no acaba ahí, porque tiene un epílogo científico incómodo. En 2022, un equipo de investigadores publicó en PLOS ONE un análisis riguroso del relato, con resultados que merecen atención. Tras una extensa revisión bibliográfica, encontraron que todas las referencias a la historia del estiércol de camello se remontan a una única fuente — precisamente el artículo de Bernhardt — sin evidencia independiente que la corrobore. Más aún, al analizar heces de dromedarios egipcios mediante secuenciación 16S y cultivos resistentes a etanol, detectaron cantidades de esporas de B. subtilis comparables a las presentes en heces humanas y en el suelo: varias órdenes de magnitud por debajo de la dosis terapéutica mínima documentada (10⁹ esporas por día). La conclusión fue directa: la cantidad de B. subtilis en las heces de camello resulta, muy probablemente, insuficiente para explicar una mejora clínica por esa vía.
Lo que sí es históricamente firme es que, a partir de 1946, cultivos de B. subtilis se comercializaron en Europa y América bajo marcas como Bacti-Subtil, utilizados como inmunoestimuladores en el tratamiento de infecciones gastrointestinales y del tracto urinario. Su mecanismo de acción hoy se vincula, entre otros efectos, a la producción de subtilusina — un antibiótico de amplio espectro — y a la estimulación de la inmunidad humoral mediante la secreción de IgM, IgG e IgA. El auge de los antibióticos sintéticos en los años cincuenta desplazó estos preparados hacia los márgenes de la farmacología, aunque el interés por B. subtilis como probiótico no ha desaparecido: en 2023, la Asociación Alemana de Microbiología General y Aplicada lo eligió “Microbio del Año”.
La historia del estiércol de camello, verdadera o apócrifa, ilustra algo que los microbiólogos conocen bien: el conocimiento empírico popular puede señalar en la dirección correcta mucho antes de que la ciencia formal encuentre las palabras para explicarlo. Que la explicación luego resulte más compleja de lo esperado no es un fracaso — es, simplemente, cómo funciona la ciencia.